El lupus es una enfermedad autoinmune crónica en la que el sistema inmunitario ataca por error a los tejidos sanos. Esto provoca inflamación que puede afectar a las articulaciones, la piel, los riñones, el corazón, los pulmones, las células sanguíneas o el sistema nervioso.
Los síntomas varían mucho de una persona a otra. El lupus suele alternar entre brotes, en los que los síntomas se intensifican, y remisiones, en las que los síntomas mejoran o desaparecen. La forma más común es el lupus eritematoso sistémico, o LES.
La causa exacta del lupus aún no se conoce del todo. Se cree que se desarrolla por una combinación de predisposición genética, cambios en el sistema inmunitario e influencias ambientales.
Entre los posibles factores desencadenantes se encuentran la luz solar, las infecciones, el tabaco y ciertos medicamentos. Sin embargo, estos factores no provocan lupus en todo el mundo, y la enfermedad no es consecuencia de nada que haya hecho la persona.
El lupus eritematoso sistémico es el tipo más común y puede afectar a varios órganos y sistemas del cuerpo.
El lupus cutáneo afecta principalmente a la piel y puede provocar erupciones, llagas o sensibilidad a la luz solar. Entre sus formas se encuentran el lupus cutáneo discoide y el subagudo.
El lupus inducido por fármacos es una reacción a ciertos medicamentos. Los síntomas suelen mejorar una vez que se deja de tomar el medicamento responsable, bajo supervisión médica.
El lupus neonatal es una enfermedad poco frecuente que afecta a algunos bebés cuyos padres biológicos tienen unos anticuerpos concretos. Es diferente del lupus sistémico y suele ser temporal, aunque en ocasiones puede afectar al corazón del bebé.
El tratamiento se adapta a cada caso según los síntomas, los órganos afectados y la gravedad de la enfermedad. Sus objetivos son controlar la inflamación, reducir los brotes, prevenir el daño orgánico y mejorar la calidad de vida.
Los medicamentos pueden incluir tratamientos antiinflamatorios, antimaláricos, corticosteroides, inmunosupresores y tratamientos biológicos. Puede que necesites medicamentos adicionales para controlar complicaciones como la hipertensión, los coágulos sanguíneos o la pérdida de densidad ósea. No debes dejar de tomar el tratamiento ni cambiarlo sin consultarlo antes con el atención médica .
Es importante acudir a las citas periódicas y hacerse análisis de sangre y de orina, incluso cuando los síntomas están controlados. Llevar un registro del dolor, la fatiga, las erupciones cutáneas, la fiebre, la hinchazón, los medicamentos y cómo te afectan los síntomas en tu día a día puede ayudarte a prepararte para las citas.
La protección solar puede ser especialmente importante, ya que la luz ultravioleta puede provocar síntomas cutáneos o aumentar la actividad de la enfermedad en algunas personas. Una alimentación equilibrada, una actividad física adecuada, un descanso suficiente y no fumar también pueden contribuir a la salud general, aunque no sustituyen al tratamiento médico.
La inflamación del lupus puede afectar a los riñones y provocar una enfermedad llamada nefritis lúpica. Los signos de alerta pueden incluir proteínas o sangre en la orina, hinchazón, hipertensión o cambios en la función renal, aunque al principio la inflamación renal puede no causar ningún síntoma perceptible.
El lupus también puede afectar al revestimiento que rodea el corazón o los pulmones, a los vasos sanguíneos, a los recuentos de células sanguíneas y al sistema nervioso. Algunas personas desarrollan anticuerpos antifosfolípidos, lo que puede aumentar el riesgo de coágulos sanguíneos. Los análisis de sangre y orina periódicos ayudan a detectar si algún órgano está afectado antes de que aparezcan síntomas graves.
Cualquiera puede desarrollar lupus, aunque es bastante más frecuente en las mujeres y suele aparecer entre la adolescencia y la mediana edad. Las personas que tienen un familiar cercano con lupus u otra enfermedad autoinmune pueden tener más probabilidades de desarrollarla.
El lupus también se diagnostica con más frecuencia en personas de ascendencia africana, asiática, hispana, indígena americana y de las islas del Pacífico. Tener uno o más factores de riesgo no significa que alguien vaya a desarrollar necesariamente lupus.
Entre los síntomas más comunes se encuentran la fatiga intensa, dolor o hinchazón en las articulaciones, rigidez matutina, fiebre, caída del pelo y llagas en la boca o la nariz. Los síntomas cutáneos pueden incluir una erupción en las mejillas y la nariz, manchas circulares escamosas o erupciones que empeoran tras la exposición al sol.
Otros posibles síntomas son dolores de cabeza, problemas de memoria o de concentración, inflamación de los ganglios, molestias abdominales y cambios de color en los dedos de las manos o los pies al exponerse al frío o al estrés. La hinchazón alrededor de los ojos o en las piernas, el dolor en el pecho al respirar profundamente y los cambios en la micción pueden indicar que hay órganos internos afectados. Los síntomas pueden aparecer poco a poco, ir y venir, y cambiar con el tiempo.
No hay ninguna prueba por sí sola que pueda confirmar el lupus. El diagnóstico se basa en los síntomas de cada persona, su historial médico y familiar, la exploración física y los resultados de laboratorio. Como los síntomas pueden aparecer en distintos momentos y parecerse a los de otras enfermedades, llegar a un diagnóstico puede llevar tiempo.
Las pruebas pueden incluir un análisis de anticuerpos antinucleares, análisis de anticuerpos más específicos, recuentos de células sanguíneas, pruebas de función renal y análisis de orina. Se puede recomendar una biopsia de piel o de riñón cuando parece que esos órganos están afectados. Un resultado positivo en los anticuerpos antinucleares por sí solo no significa que alguien tenga lupus.
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SOP • Resistencia a la insulina • 2 análisis anteriores



